Monday, March 8, 2010

El Vampiro

Érase una época que desbordaba en la desconfianza. Todos andábamos con los corazones pesados. Se cruzaban muchas miradas fugaces. Salir de día era un infierno. Si lo hacías, sentías que estabas al desnudo, que estabas en pleno juicio, que todos tus secretos e inseguridades serían elementos de prueba en contra tuya. No había salida. Eras un maldito que no tenías perdón. A lo mejor fue el darse cuenta de esa maldición lo que nos tenía tan serios. El perdón sólo se encontraba entre tinieblas, entre una caterva de extraviados que se amalgaba en las calles laterales. La meca: el 7-11 para mirar quiénes iban a quedarse en el infierno, pasar al purgatorio o alcanzar el paraíso. Aunque lo hacíamos sin malicia premeditada, intentábamos mantener a cada alma en el desvío en la medida de lo posible. Azúcar, cafeína y mucho alboroto. Desafiar directa o tangencialmente al raciocinio, a estéticas sagradas de gorras, aretes, cadenas, camisas, blusas, camisetas, anillos, pantalones, faldas, medias, calcetines, zapatos, tacones, bocinas, música, etc., etc.

Esa noche llamé a Gregorio. Era una jugada arriesgada, pero sentí que no tenía ninguna otra opción. Nuestra amistad era precaria, pero las lealtades que compartíamos justificaron mi decisión de invitarlo a llenar los espacios vacíos. Mi resguardo: sacar de las entrañas de su sótano a Franco. Duramos una hora para sacarlo, pues tenía que hacer su ritual de siempre antes de que saliera de las catacumbas. Después de esperar una pequeña eternidad en la sala sin ninguna otra diversión que admirar su pingüe colección de música alternativa, salió como siempre con su aura de rebeldía en potencia.

--Non arrivi tardi!
--¡Váyase al carajo!

Franco adoraba a su madre. De hecho, en general era un gran hijo de mamá. Pero nunca podía ser un mal hijo de la rebeldía pop.

Era una noche de cálculos fallidos--por ensimismamiento, por repugnancia a la soledad--y no tenía muy en mente que la marea de los extravíos de Franco estaba alta, muy alta. Solía ser una persona intensa, pero no era una intensidad que te ahuyentaba, sino todo lo contrario. La noche parecía tener el tono de costumbre: un pequeño griterío en el 7-11 tanto como brincoteos performativos avivados por el azúcar y el café. No obstante, se estaba gestando algo que amenazaba con empujarnos aún más adentro de la eternidad lugareña. Al finalizar el recorrido de siempre, llegamos al punto final: el patio de recreo de la escuela católica. Gregorio y yo nos habíamos puesto de acuerdo en despedirnos a las tres. Aunque no saliera el próximo día, tenía que hacer algo que contribuyera a cambiar mi suerte. Entre semana era imposible, ya que era el peor y más pesado infierno. Si bien las desconocía, sé que Gregorio tenía sus proyectos también.

Cuando llegamos al patio, miré mi reloj y luego a Gregorio y le dije que ya era hora de volver a casa. Me secundó diciendo que tenía que hacer lo mismo. Franco nos miró fijamante y con un temblor apenas perceptible nos preguntó por qué teníamos que irnos. ¿Por qué? Porque no se puede gastar tanto tiempo haciendo las veces de ambulante melancólico. Agarró a cada uno de un hombro y nos suplicó que nos quedáramos más tiempo, que gozáramos plenamente del mundillo nocturno que siempre esperábamos con ansiedad. ¡No! Hay cosas que hacer: planes, proyectos, posibles novias, el purgatorio, el paraíso. Vi miedo en los ojos de Gregorio. Me cuchicheó al oído que nos echáramos a correr. En sus marcas, listos, ¡fuera! Pero con una agilidad sobrenatural, Franco nos alcanzó y nos gritó que no nos fuéramos. Me pasó por la mente que se podría cumplir su deseo a la fuerza, que él solito podría lograr someter nuestras voluntades. Pero no hizo más que lo siguiente: sacó una servilleta de uno de sus bolsillos, luego una pluma y con ésta dibujó los botones de una videograbadora...

--Ahora estamos con el botón en play. Pero yo quiero que que todo esté en pausa, que el botón esté en pausa.--dijo con ojos fulminantes.

Los tres nos quedamos sosteniendo una red intensa de miradas. Por fin logré salir de ella y observé el nombre de la escuela: Epi_anía.

--Vámonos, Gregorio.
--Sí, vámonos.

Y empezamos a caminar. Mientras caminábamos volví la mirada y lo vi caminando en dirección contraria. Levantó las manos al aire y escuché:

¡Que suba el asfalto!

Friday, March 5, 2010

Jeff

Jeff cantaba muy mal, pero componía himnos punqueros perfectos. Era suficiente que pudiéramos hacernos una idea de lo que quería expresar melódicamente. Como a tantos otros chicos de Ridgefield Park, no le interesó hacer una carrera de medicina, de leyes, de negocios; blah, blah, blah. Las universidades estatales sólo figuraban si ofrecieran un local para poder explayarse en sus canciones, en rondas de cerveza, en muchachitas con chaquetas militares. No le interesaba tener un carro, un buscapersonas. Sentía un recelo violento, visceral de toda persona que pudiera blandir descaradamente un poco de movilidad material.

Era hijo de croatas. Sus padres vinieron como otros croatas que querían escaparse de la represión cultural y la familia estaba cómodamente lejos de tener que bancarse la limpieza que se dio más o menos en la época en que lo conocí. La primera canción que tocamos fue "Just like Heaven". Le habían advertido que me gustaban el new wave y el goth. Daba igual. Con tal que tocara su canciones bien, no importaba. Y las tocaba... a la perfección. Estaba tan entusiasmado que hubiera un bajista que estuviera dispuesto a integrarse para resucitar su creación. Y con su tocayo que tocaba la batería empezamos a ensayar y luego a hacer conciertos en cualquier lugar que pudiéramos en el estado. A veces llegábamos y no había nadie para recibirnos, a veces tocamos para un público lo suficientemente numeroso para nosotros y para el club. Unos cuantos dólares nunca nos venían mal. De vez en cuando cruzábamos la frontera para tocar en esos locales de más prestigio por estar entre el hormigón y la drogadicción. Era fascinante entrar en un ambiente lleno de tantas posibilidades, de tantas personas.

Me acuerdo cuando Melissa hizo una fiesta en su casa después de un concierto. Estaba borracho hasta el punto del autismo. Trató de levantarse a Melissa varias veces. Obviamente tuve que demostrar mi hombría, por pequeña que fuera, y defender su honor, así que saqué a Jeff para hablar con él. Se disculpó y me propuso algo que nunca había entrado en mi panorama adolescente: cruzar la frontera, vender la bocina que yo usaba y comprar no sé qué cosa que anhelaba tanto en ese momento. Sabía que se refería a alguna droga, pero en ese entonces no cabían en mi mente más que la marihuana y el alcohol. ¿Necesitaba algo más? Fue el primer crack que se produjo entre nosotros. Estaba empezando a componer mis propias canciones.

Después lo vi en un concierto. Cuando salí a fumar un cigarrillo, lo vi vendiendo un disco de 7 pulgadas con tres canciones, una de las cuales conocía muy bien, ya que era uno de los himnos que tocaba hacia finales de mi integración a la banda. Steve me había reemplazado. Buena gente el Steve. A veces tenía el pelo como Sid, a veces se lo rapaba. Tocó una vez conmigo en Pene colado (preferiría olvidarme de ese grupo, pero hay veces que uno no puede evitar los recuerdos molestosos). ¿Por qué habría de estar celoso? Por fin tenía mi propia banda y componía canciones, ¡completamente mías! Pero me acuerdo de su frialdad y lo profundamente que me hirió. No me acuerdo si lloré en algún momento, en algún rincón. Es una verdadera jodienda ser músico.

La noticia me llegó por boca de Adrián. Lo encontraron en su sofá. Escuché que tuvo un ataque cardíaco. Tenía 27 años. Una edad inverosímil: uno podía vivir sin sus padres y todavía era joven. Pero Jeff tenía una situación aún mejor. Vivía con su madre, que le daba de comer y lo dejaba hacer lo que le daba la gana. La llamé y le dije que iría al entierro. Tenía toda la intención de ir. Pero se me escapó la oportunidad.

Sunday, December 27, 2009

New Jersey

Nueva Jersey tiene su magia. Es un estado del que se burla--según lo que he oído--y les puedo decir que hay muchos lugares en Nueva Jersey de aburrimiento desquiciante. Pero la región más cercana a Nueva York (la hermana al otro lado del río Hudson) ofrece una mezcla concentrada de clase trabajadora, clase media y clase alta tanto como de homo sapiens de todas las edades interesante; todos unidos por un fenómeno que abunda en todo el estado: the diner. En los diners uno puede pedir desayuno 24 horas al día, una hamburguesa con papas fritas a las siete de la mañana y café de refill ilimitado. Antes de que se pasaran las restricciones puritanas que nos prohiben gozar descaradamente del tabaco en público, el cigarrillo y el café--en conjunto--fueron el sustento existencial, la diversión barata y el remedio para la soledad para muchos extraviados que volvieron a encontrar su camino después de una sesión en un diner. Extraño mucho esta cultura que según la metamorfosis del ambiente ha llegado a tomar breaks del café para dedicarse a una profunda fumada afuera, a pocos pies de la entrada por donde entran parejas de ancianos ansiosos de disfrutar del banquete que las espera con especial atención.


Roberto Benigni & Steven Wright : Coffee and Cigarettes

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Saturday, October 10, 2009

Youssef Chahine

La última vez que viví en Nueva York descubrí un maravilloso programa que se llama City Cinematheque. El anfitrión del programa, Jerry Carlson, con el cual tuve la suerte de conversar en el metro, ponía películas que sólo se pueden ver en la biblioteca de una universidad o en una clase de cine. Una de las joyas de este programa fue la serie en la que se enfocó en el director egipcio Youssef Chahine. Cuando vi la película ¿Alejandría...Por qué? (Iskanderija... lih?), una de cuatro películas autobiográficas, me quedé impresionado con la hermosura de sus imágenes, su ritmo y su dramatismo. La película tiene lugar en Alejandría, Egipto a principios de la Segunda Guerra Mundial. El protagonista, Yejia, es un adolescente de una familia venida a menos. A pesar de eso, Yejia anda con amigos y parientes de la alta sociedad egipcia, así que se acostumbra a todos los gustos de ese mundo. El andar en ese mundo le da la oportunidad de elaborar sus pasiones: la música, el cine y el teatro. Pero siente una fascinación especial por el musical, el cual combina todos esos géneros. Sus películas muestran un amor por la música y la potencia estética que alberga.

Cuando vi el Destino, cuyo protagonista es Averroes--el filósofo islámico de la prerreconquista--, me quedé aún más impresionado. El dramatismo surge de la problemática que se manifiesta en base a la fragmentación ideológica del islamismo. El filme es en parte un musical como es costumbre del cine de Chahine y tiene canciones preciosas que intensifican ciertos aspectos de la trama. He aquí mi canción favorita.

Sunday, August 30, 2009

New Order en Nueva York- 1981

I love New Order. But that's beside the point I'm about to bring up. This song, "Everything's Gone Green," sounds like a techno prototype. It was released in 1981 and it surprises me that when the history of techno is talked about, New Order doesn't really come up as an influence. I firmly believe that certain songs they wrote, specifically in the early 80's, should be included regularly in what are agreed to be the raw materials that were instrumental in developing the genre known as techno. What's more, there is no doubt in my mind that the cultivators of this musical genre at some point were avid listeners of New Order, either as a group or via individual songs, such as "Blue Monday (1983)."

Friday, August 21, 2009

Iron Maiden

Iron Maiden es un fenómeno curioso en el mundo del Heavy Metal. Desde que yo empecé a escuchar este estilo de música, el discurso que dominaba era que el Heavy Metal tenía que ser pesado. Es decir, mientras más pesado, mejor. Iron Maiden es una banda heavy. Sin embargo, lo que me atrajo y me sigue atrayendo a este grupo británico (¿será que no lo captamos completamente en EEUU?) es que, aunque compongan música heavy, nunca subestiman el poder de la melodía y, por extensión, la armonía. Este grupo ha logrado conjugar el sonido de guitarras heavy con una buena composición melódica/armónica. A lo mejor proviene de mi formación beatleseana (que también tiene sus antecesores que podrían servir como ejemplo para explicar por qué siempre nos gusta cierta música), pero más allá de ciertos artistas que trangredieron y trangreden los límites musicales normativos con un sonido antimelódico, la música sin una intrigante base melódica (no necesariamente tiene que ser explícita) no vale la pena escuchar y si se consume es principalmente por la imagen (¿se puede decir que es música?) gracias al empobrecimiento de la música pop (Paul McCartney en una entrevista de 1968 dijo que la música pop era la música clásica de su época; Robert Fripp dijo lo mismo más de una década después en los años 80) que se ha dado de manera casi definitiva desde fines de los 90 del último siglo. Aunque no me interesa mucho Iron Maiden más allá de su séptimo álbum de 1987, sigue siendo un grupo que entiende los elementos básicos que hechizan dentro de un efecto sublime al oyente, cuyo núcleo es la melodía.

He aquí una canción de Iron Maiden, inspirada por un programa de televisión británico de los años 60 llamado The Prisoner: