Érase una época que desbordaba en la desconfianza. Todos andábamos con los corazones pesados. Se cruzaban muchas miradas fugaces. Salir de día era un infierno. Si lo hacías, sentías que estabas al desnudo, que estabas en pleno juicio, que todos tus secretos e inseguridades serían elementos de prueba en contra tuya. No había salida. Eras un maldito que no tenías perdón. A lo mejor fue el darse cuenta de esa maldición lo que nos tenía tan serios. El perdón sólo se encontraba entre tinieblas, entre una caterva de extraviados que se amalgaba en las calles laterales. La meca: el 7-11 para mirar quiénes iban a quedarse en el infierno, pasar al purgatorio o alcanzar el paraíso. Aunque lo hacíamos sin malicia premeditada, intentábamos mantener a cada alma en el desvío en la medida de lo posible. Azúcar, cafeína y mucho alboroto. Desafiar directa o tangencialmente al raciocinio, a estéticas sagradas de gorras, aretes, cadenas, camisas, blusas, camisetas, anillos, pantalones, faldas, medias, calcetines, zapatos, tacones, bocinas, música, etc., etc.
Esa noche llamé a Gregorio. Era una jugada arriesgada, pero sentí que no tenía ninguna otra opción. Nuestra amistad era precaria, pero las lealtades que compartíamos justificaron mi decisión de invitarlo a llenar los espacios vacíos. Mi resguardo: sacar de las entrañas de su sótano a Franco. Duramos una hora para sacarlo, pues tenía que hacer su ritual de siempre antes de que saliera de las catacumbas. Después de esperar una pequeña eternidad en la sala sin ninguna otra diversión que admirar su pingüe colección de música alternativa, salió como siempre con su aura de rebeldía en potencia.
--Non arrivi tardi!
--¡Váyase al carajo!
Franco adoraba a su madre. De hecho, en general era un gran hijo de mamá. Pero nunca podía ser un mal hijo de la rebeldía pop.
Era una noche de cálculos fallidos--por ensimismamiento, por repugnancia a la soledad--y no tenía muy en mente que la marea de los extravíos de Franco estaba alta, muy alta. Solía ser una persona intensa, pero no era una intensidad que te ahuyentaba, sino todo lo contrario. La noche parecía tener el tono de costumbre: un pequeño griterío en el 7-11 tanto como brincoteos performativos avivados por el azúcar y el café. No obstante, se estaba gestando algo que amenazaba con empujarnos aún más adentro de la eternidad lugareña. Al finalizar el recorrido de siempre, llegamos al punto final: el patio de recreo de la escuela católica. Gregorio y yo nos habíamos puesto de acuerdo en despedirnos a las tres. Aunque no saliera el próximo día, tenía que hacer algo que contribuyera a cambiar mi suerte. Entre semana era imposible, ya que era el peor y más pesado infierno. Si bien las desconocía, sé que Gregorio tenía sus proyectos también.
Cuando llegamos al patio, miré mi reloj y luego a Gregorio y le dije que ya era hora de volver a casa. Me secundó diciendo que tenía que hacer lo mismo. Franco nos miró fijamante y con un temblor apenas perceptible nos preguntó por qué teníamos que irnos. ¿Por qué? Porque no se puede gastar tanto tiempo haciendo las veces de ambulante melancólico. Agarró a cada uno de un hombro y nos suplicó que nos quedáramos más tiempo, que gozáramos plenamente del mundillo nocturno que siempre esperábamos con ansiedad. ¡No! Hay cosas que hacer: planes, proyectos, posibles novias, el purgatorio, el paraíso. Vi miedo en los ojos de Gregorio. Me cuchicheó al oído que nos echáramos a correr. En sus marcas, listos, ¡fuera! Pero con una agilidad sobrenatural, Franco nos alcanzó y nos gritó que no nos fuéramos. Me pasó por la mente que se podría cumplir su deseo a la fuerza, que él solito podría lograr someter nuestras voluntades. Pero no hizo más que lo siguiente: sacó una servilleta de uno de sus bolsillos, luego una pluma y con ésta dibujó los botones de una videograbadora...
--Ahora estamos con el botón en play. Pero yo quiero que que todo esté en pausa, que el botón esté en pausa.--dijo con ojos fulminantes.
Los tres nos quedamos sosteniendo una red intensa de miradas. Por fin logré salir de ella y observé el nombre de la escuela: Epi_anía.
--Vámonos, Gregorio.
--Sí, vámonos.
Y empezamos a caminar. Mientras caminábamos volví la mirada y lo vi caminando en dirección contraria. Levantó las manos al aire y escuché:
¡Que suba el asfalto!
Monday, March 8, 2010
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